DEJA BROTAR TU HISTORIA

 

Un niño de 10 años agrede con arma blanca a la pareja de su madre para protegerla en Taboada (Lugo)

El hombre, que sufría un corte en la espalda, ha sido detenido investigado por malos tratos

Desde el lunes 19 de febrero con esta imagen atragantada entre cerebro y corazón…  No dejo desde hace años de ocuparme de la infancia en la medida de mis competencias y capacidades. Ha sido mucho trayecto y labor realizada en este ámbito. En consulta de orientación pedagógica, talleres para padres, en servicio público social con discapacidad en atención temprana. La palabra preocupación, ha de servir para ocuparnos y ahora, por saturación de noticias sobre menores agrediendo o matando me lleva a ocupar mi tiempo incluso en sábados. Ofrecemos de nuevo el taller Deja Brotar tu historia para madres y padres, en la línea de Encuentros con la Palabra y Espacios de Acción EDEA desarrollados hasta ahora.

Pedagogía Terapéutica y escritura al servicio de dudas para elevar juntos conciencia sobre las dificultades, conocer, expresar y ampliar la comprensión sobre tus retos concretos y necesidades según etapas del desarrollo de los hijos a cargo, para ajustar, reforzar y renovar fuerzas y capacidades conociendo debilidades y necesidades en el punto del proceso en el que estés.

Las sesiones quincenales de 3h de duración arrancan en abril. Durante el mes de marzo realizaré entrevista individual de una hora para conocer tus circunstancias y asegurar mejor aprovechamiento del trabajo grupal.

 

No es el Yo fundamental lo que busca el poeta, sino el TÚ esencial  escribió Machado
Durante mi trayectoria vital, vertebrada por la poesía y la vocación pedagógica centrada en la ayuda, resuena cada día como una de esas verdades enteras y perdurables Otra cosa es que no todo lo considerado como poesía, lo sea.
Renuevo la difusión del próximo encuentro con música y poesía al que finalmente dije si y en el que espero podamos crear de nuevo esa atmósfera, respiración común que suba marea, eleve nuestros barcos y todos zarpemos, soltando amarras hacia la renovación de algo interno que nos abra un poco más y lleve a lo que realmente somos, soltando lo que no nos deja ser. Os esperamos

Trabajando un tórrido martes 9 de agosto, recibí esta conferencia de Michael Ende, autor de La historia interminable. Fuente de frescor para el pensamiento y el alma, un canto y abrigo para ese niño interior que, gracias a dios, algunos mantenemos vivo.
Enviado por mi colega y buen amigo Nacho, me recuerda aquella imagen que Octavio Paz ofreció sobre la poesía: ese momento en el que siendo niños, uno le dice al otro – ¿vale que éramos pájaros y volamos? a quién su amigo, respondía – vale, abriendo ambos sus brazos jugaban a ser metáfora del pájaro y su vuelo.
En estos meses calurosos de julio y agosto, sabiendo de mi actividad en terapia corporal con autismo, cuya base está en el juego libre, me envía esta bella conferencia. Espero os inspire y renueve también a vosotros. Es el juego libre base de la psicomotricidad vivencial maravillosa forma de terapia para conectar, ver donde no se ve, ayudar a crecer a los niños en general, más si asisten a tratamientos por discapacidad o trastornos en su desarrollo. Juego libre y poesía van de la mano a través del juego simbólico.

«SOBRE EL ETERNO INFANTIL», DE MICHAEL ENDE
Sobre el eterno infantil
(Conferencia en Tokio)
«Distinguidas señoras, señores: ¡Minasama!
¿Por qué se escribe para los niños? Así reza el tema de este congreso y estoy seguro de que en los próximos días escucharemos muchas cosas interesantes y sustanciosas al respecto. Pero yo no soy un estudioso de la literatura, ni un filósofo de la cultura, no soy tan siquiera un verdadero experto en literatura internacional infantil y juvenil, por eso todo lo que yo pueda decirles no pretende tener validez general sino que será únicamente mi respuesta personal a la pregunta planteada. Tampoco tengo experiencia como orador, soy sólo un narrador de historias. Permítanme por ello comenzar con una pequeña historia. Su autor es el escritor alemán Gustav Meyrink, o en cualquier caso fue él quien la escribió por primera vez.
Sobre una piedra grande y lisa bailaba cada día, cuando brillaba el sol, a una hora determinada, un ciempiés. Los otros animales venían de lejos para contemplarle cuando, a su manera inimitable llena de encanto, trazaba sus lazos y sus espirales, mientras su cuerpo fulguraba a la luz y brillaba como si estuviese hecho de piedras preciosas. Era un placer mirarle y todos los animales encomiaban su arte y su gracia. Sin embargo, el ciempiés no bailaba para conseguir la fama y la admiración de los demás. Apenas echaba de ver a sus espectadores, tan ensimismado estaba en su danza.
Pero he aquí que vivía cerca de él, bajo las raíces de un árbol, un sapo grande y gordo, y a éste le irritaba lo que hacía el ciempiés. Ya fuese porque tenía envidia de su gracia y su fama, ya fuese porque estaba en contra de actividades inútiles como la danza, lo cierto es que había decidido aguarle la fiesta al ciempiés. Pero eso, por otra parte, no era tan fácil, pues lo que él no quería era exponerse a las críticas y reproches de los demás animales. Estuvo reflexionando largo tiempo y un día le vino una idea grandiosa, y escribió al ciempiés una carta que decía más o menos lo siguiente:
«¡Oh tú, admirable, maestro en el danzar armonioso y en los complicados lazos y espirales! Yo sólo soy una cosita pobre, húmeda, viscosa, y no tengo más que cuatro patas pesadas y torpes. Por eso te admiro sobremanera a ti, que consigues mover con tan maravilloso orden tus cien pies. Me gustaría tanto aprender un poquito de ti. Por eso dime, admirable maestro: cuando empiezas a bailar ¿mueves primero el primer pie izquierdo y luego el número noventa y nueve de la derecha? ¿O comienzas por el número cien de la izquierda y echas después el número cincuenta y tres de la derecha, moviendo después el tercero de la izquierda y luego el número setenta y dos de la derecha? ¿O lo haces al revés? Explica, por favor, a este ser tan pobre, húmedo, viscoso, con sólo cuatro patas, cómo te las ingenias, para que yo, indigno y reptante bicho, aprenda a moverme con un poquitín de gracia.»
El sapo colocó la carta sobre la piedra bañada por el sol y cuando el ciempiés llegó para bailar, allí la encontró y la leyó. Comenzó entonces a reflexionar sobre cómo lo hacía. Movió un pie, luego el otro, tratando de recordar cómo lo había hecho hasta entonces. Y comprobó que no lo sabía. Y no pudo hacer el menor movimiento. Estaba allí, inmóvil, y pensaba, pensaba, y movía tímidamente alguna de sus cien patas, pero lo que ya no podía era bailar. En efecto: lo de bailar había pasado a la historia.
Yo, naturalmente, no quiero compararme en modo alguno con tan gran artista como el ciempiés: la modestia me lo impide. Y mucho menos pretendo poner en relación, ni remotamente, a nuestros amables y distinguidos anfitriones con el alevoso sapo: eso lo exige la amistad y la buena educación. Y sin embargo quiero confesar sinceramente que me pasó algo semejante a lo del ciempiés cuando me enteré del tema sobre el que tenía que hablarles a ustedes aquí:
¿Por qué se escribe para los niños?
Sí, ¿cuál será el motivo? Aquí estoy yo desde entonces moviendo tímidamente -para quedarnos en el símil del ciempiés- a veces esta pata, a veces esta otra, y no estoy en absoluto seguro de que lo haya sabido alguna vez. Lo único que espero es reconquistar, con los pensamientos que voy a exponer, mi despreocupación originaria. Y, con toda seguridad, no puedo responder por otros, sino sólo por mí.
Así que: ¿por qué escribo yo para los niños?
Ya aquí me quedo parado y compruebo que, para poder continuar, tengo que plantearme la pregunta de otra manera, pues en el fondo yo no escribo en absoluto para los niños. Quiero decir que, mientras escribo, no pienso nunca en los niños, no reflexiono sobre cómo he de expresarme para que me entiendan los niños, no elijo o desecho un tema porque éste sea o no sea apropiado para niños. En el mejor de los casos podría decir que escribo los libros que me habría gustado leer de niño. Esta fórmula suena bien, pero no corresponde del todo a la verdad, pues tampoco escribo recordando o reflexionando sobre mi propia adolescencia. El niño que fui una vez sigue hoy viviendo en mí, no hay un abismo -el del paso a la edad adulta- que me separe de él, en el fondo me siento como el mismo que era entonces. Llegado a este punto estoy viendo con mi mirada interior a más de un psicólogo que frunce el entrecejo y murmura: ése nunca ha llegado a la edad adulta.
Lo cual se tiene hoy por gravísima falta.
Bueno, qué se le va a hacer, lo admito, seguramente nunca he llegado a ser de verdad una persona adulta. Durante toda mi vida he procurado no convertirme en lo que hoy día llamamos adulto de verdad, o sea, ese ser mutilado, desencantado, banal, ilustrado, que existe en un mundo desencantado, banal, ilustrado, el mundo de los llamados hechos. Y me acojo aquí a las palabras de un gran poeta francés: cuando hemos dejado definitivamente de ser niños, ya hemos muerto.
Yo creo que en toda persona que todavía no se ha vuelto completamente banal, completamente a-creativa, sigue vivo ese niño. Creo que los grandes filósofos y pensadores no han hecho otra cosa que replantearse las viejísimas preguntas de los niños: ¿de dónde vengo? ¿Por qué estoy en el mundo? ¿Adónde voy? ¿Cuál es el sentido de la vida? Creo que las obras de los grandes escritores, artistas y músicos tienen su origen en el juego del eterno y divino niño que hay en ellos: ese niño que, prescindiendo totalmente de la edad exterior, vive en nosotros, ya tengamos nueve o noventa años; ese niño que nunca pierde la capacidad de asombrarse, de preguntar, de entusiasmarse; ese niño en nosotros, tan vulnerable y desamparado, que sufre y que busca consuelo y esperanza; ese niño en nosotros que constituye, hasta nuestro último día de vida, nuestro futuro.
Si se me permite, quisiera asociar a las palabras de Goethe del «eterno femenino», con toda la modestia que hace al caso, el eterno infantil sin el cual el hombre deja de ser hombre.
Para ese niño en mí y en todos nosotros cuento yo mis historias, pues ¿por quién o por qué valdría la pena hacer cualquier cosa?
No son, por tanto, miras pedagógicas o didácticas las que impulsan mi labor. EI haber elegido la forma que pueden ustedes ver en mis libros tiene exclusivamente razones artísticas y poéticas. Si ustedes quieren contar determinados hechos maravillosos, tienen que describir el mundo de tal manera que tales hechos sean posibles y probables en él. Esto, por su parte, es cuestión del tono de voz, del estilo.
Cuando en los cuadros de Marc Chagall sobrevuelan parejas de enamorados los tejados de París; cuando sobre el tejado de una choza hay una carnero que toca el violín; cuando los ángeles hablan con los mendigos como con sus iguales, todo ello es plausible -y en Chagall es más que plausible, es incontestable realidad- porque la manera como nos cuenta esas cosas el pintor da con el tono exacto del eterno infantil. Y el eterno infantil en nosotros reacciona porque sabe -más allá de toda inteligencia racional exterior- que existe todo eso, que eso es incluso más real que toda la realidad de acá.
Es, sin embargo, característico de nuestra situación espiritual actual que, hablando de un pintor como Chagall, se haya comentado -incluso en ambientes de críticos y expertos de arte- que pese a todo se trata de «auténtica» pintura, o sea, de pintura seria; pero si un escritor o poeta se atreve a presentar en sus libros un mundo maravilloso infantil similar, entonces se le cuelga la etiqueta -todavía peyorativa- de «autor de libros infantiles». Ello quiere decir que los libros infantiles son un género inferior de literatura -si es que se los incluye en la literatura-, que cultivan únicamente personas que carecen de suficiente talento para ser verdaderos escritores. Ahora bien, esa opinión -lamentablemente muy extendida aún- sólo pone en evidencia los conocimientos artísticos deplorablemente escasos de quienes tienen tal opinión y son además tan necios como para exponerla en público. ¡Pero basta ya! Hoy no quiero caer en la polémica. Lo he hecho bastante en otro lugar y seguramente no faltará ocasión de ello en el futuro.
Volvamos, pues, a nuestro tema. Una vez que he explicado -de modo relativamente comprensible, espero- en qué sentido yo no escribo para niños, aún queda por responder la pregunta de por qué escribo.
Pues bien, tradicionalmente hay dos respuestas de poetas y escritores a esta pregunta, una por así decir misteriosa y una por así decir razonada.
La respuesta misteriosa reza mas o menos así: «Un escritor tiene que escribir. Una orden interior, una vocación numinosa le impulsan a ello. Moriría si no pudiese escribir».
La explicación por así decir razonada reza así: «El arte y la literatura tienen justificación sólo si ejercen una función clarificadora. Su misión es hacer reproducciones de la realidad con el fin de transformar esa realidad. Un escritor, por tanto, tiene que ser una especie de maestro de su público».
Ahora bien, para confesárselo a ustedes ya de entrada con toda claridad: para mí, la existencia del artista y del escritor no es ni misteriosa ni razonada. Ambas respuestas, aunque parezcan proceder de posiciones totalmente opuestas, tienen sin embargo algo en común: son el resultado de un pensamiento burgués, es decir, de un pensamiento para el que lo razonable no se concibe de otra manera que como equivalente de lo útil. De lo contrario, se trata de un fenómeno patológico.
Miren ustedes, distinguidos oyentes, la primera respuesta, la misteriosa, por así decir, convierte al escritor en una especie de neurótico obsesivo, en una persona que, en razón de una enigmática maldición o de una gracia especial, se halla bajo la obsesión interior de tener que expresarse a sí mismo. En el caso más feliz se le declara genio, es decir, se libera uno de la incómoda pregunta que plantea su existencia haciendo de él un hombre especial, un poseso o un carismático, en cualquier caso un anormal que de alguna manera, si bien lejana, está emparentado con los santos y los locos. Por consiguiente, un escritor así no tiene que aspirar a hacerse comprensible por su público sino que el público tiene la obligación de entender al escritor. No quiero nombrar a nadie aquí -a ustedes ya se les ocurrirán bastantes nombres-, pero en cualquier caso creo que una gran parte de nuestro actual quehacer literario, en todas las partes del mundo, está basado en esta manera de pensar. Ejércitos enteros de expertos en literatura se afanan analizando e interpretando tales obras, y nos explican lo que quería decirnos realmente el poeta. A mí, ya durante la época
escolar, siempre me venía espontáneamente la pregunta de por qué el poeta no lo había dicho, si era eso lo que quería decir. Por lo visto -así pensaba yo entonces- los escritores son personas completamente incapaces de expresarse con claridad y necesitan un intérprete que haga inteligible su balbuceo.
La otra, la respuesta por así decir razonada a la pregunta de por qué se escribe, tiene aún más difusión y curiosamente está considerada -por más que sea típico producto del siglo XIX- como progresista. Especialmente en mi país, en Alemania, durante los treinta años que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial, la totalidad de la vida literaria estaba marcada por el afán verdaderamente angustioso de ver todo, absolutamente todo, bajo el aspecto crítico-social, político, emancipatorio o, de una manera u otra, clarificador. El escritor que quería ser tomado medianamente en serio en los ambientes culturales oficiales tenía que llevar a cabo sin falta los correspondientes y obligatorios ejercicios. Todo género de literatura que no se consideraba socialmente relevante pasaba ya a priori por ser literatura de evasión, o sea, de huida de la realidad y, en consecuencia, totalmente rechazable. El escritor, se decía, era la conciencia de la nación. Y como la conciencia, naturalmente, sólo tiene una función plausible cuando es una conciencia con remordimientos, nuestros escritores se superaban unos a otros formulando acusaciones, denunciando abusos, criticando la sociedad, la cultura, la situación social, las personas. Cada vez se iba cayendo en una vorágine más y más profunda de negatividad, de ira, de amargura, de tedio. Quien no seguía esa corriente pasaba por superficial o por tonto. El criterio decisivo por el que se juzgaba a un escritor era el llamado mensaje que contenían sus libros. Sólo eso era objeto de discusión. Sobre eso se pueden escribir a maravilla artículos y ensayos, y anti-artículos, y réplicas, en una palabra, mantener en funcionamiento todo el ruidoso aparato de la fanfarronería intelectual.
El escritor estaba por así decir ante un imaginario tribunal de justicia, ya fuese como fiscal del Estado o como defensor y abogado, y su libro, su pieza teatral, su poema tenían que probar
algo: una culpa, un hecho social, un desarrollo histórico. Esa prueba era después examinada con vistas a su carácter conclusivo, era refutada, se presentaban pruebas en contra, que eran refutadas a su vez, en resumen, se veía toda la literatura desde una única perspectiva, la del argumento. Esto valía también para el libro infantil y hasta para los libros ilustrados.
Por favor les pido, señoras y señores, que no me entiendan mal. Con esta exposición algo polémica no quiero decir en absoluto que yo considere innecesaria o superflua toda esta corriente literaria. No lo es. Es y ha sido siempre una parte necesaria e importante de la literatura universal. Lo que yo ataco decididamente es ese rabioso dogmatismo que propugnaban y siguen propugnando los representantes de tal literatura. Mediante esa funesta unilateralidad, a muchos escritores cuyo punto fuerte no es la argumentación se les priva literalmente del aire que respiran. ¿Y no son precisamente las mayores obras de la literatura universal las que están más allá de toda argumentación? La Odisea y la Ilíada, Las mil y una noches, Don Quijote de La Mancha, nuestros cuentos populares, el Fausto, las grandes novelas de Balzac o Dostoievski, los dramas y las comedias de Shakespeare: todas ellas ni prueban ni refutan nada. Son algo. Presentan mundos pero no explican el mundo.
Una cosa es defender valores y otra crear o renovar valores ¿De qué sirve toda la argumentación crítico-social contra el envenenamiento y destrucción de la naturaleza si, en el fondo, el árbol como tal ya no nos dice nada? Pero un poeta que, con una poesía, me hace vivir la belleza de un árbol, la fraternidad de ese ser misterioso, pasa por ser anacrónico, una reliquia casi ridícula del pasado, mientras que el autor que escribe un furioso panfleto contra la destrucción del medio ambiente, aunque para él personalmente el monte no sea más que la base biológico-química de nuestra propia vida, es tenido por una persona progresista e incluso valiente.
Los valores no existen por sí solos, no son por así decir innatos y obvios, sino que los valores tienen que ser creados y constantemente renovados, para que existan. Toda crítica social parte de un valor común, el valor del hombre. La misión de los poetas es crear y recrear ese valor: cada uno a su manera, cada uno en su época y su cultura. Si no lo hacen, ese valor pierde rapidísimamente color y perfil, pierde realidad, y la consecuencia es el salvajismo y la brutalidad. Los escritores y artistas que se complacen en degradar y destruir cada vez más, en nombre de un muy dudoso amor a la verdad, el valor del hombre puede que tengan mucho éxito en nuestra actual civilización del puro intelectualismo, pero lo que están haciendo, en realidad, es destruir la base sobre la que ellos mismos descansan.
Y con esto he llegado al punto de mis reflexiones en que he de sacar el gato del saco, como se dice en alemán, o sea, en que tengo que decir claramente por qué escribo. Quizás noten ustedes, señoras y señores, que estoy vacilando, y eso tiene su razón de ser, pues soy consciente de que todo lo que pueda decir en relación con esta cuestión es diametralmente opuesto a lo que hoy se considera importante y acertado. Quiero, no obstante, intentarlo.
Seguramente conocen ustedes la célebre frase de Friedrich Nietzsche: «En cada hombre hay escondido un niño que quiere jugar». Yo quisiera tomarme la libertad de enmendar un poco esta frase de aquel gran despreciador de las mujeres y decir, «En cada persona hay escondido un niño que quiere jugar».
Lo confieso, pues, sin avergonzarme: el impulso verdadero, real, que me mueve mientras escribo es el placer del juego, libre y espontáneo, de la imaginación. Para mí, el trabajar en un libro es cada vez un nuevo viaje cuya meta no conozco, una aventura que me enfrenta con dificultades que yo no conocía antes, una aventura que hace surgir en mí vivencias, pensamientos, ocurrencias de las que yo nada sabía y al final de la cual me he convertido en otro distinto del que era al principio. Tal juego sólo se puede llevar a cabo sin un plan preconcebido, pues quien quiera saber o planificar
por anticipado a dónde le llevará tal aventura está impidiendo de esa manera que suceda tal cosa.
Cuando yo, por ejemplo, escribía La historia interminable y había iniciado, junto con Bastian, mi pequeño protagonista, el largo y aventurero viaje por Fantasía, no sabía en absoluto dónde iba a estar la salida de Fantasía que nos posibilitaría a ambos el regreso a la realidad exterior. Tuve que acompañar a Bastian de etapa en etapa y más de una vez perdí la esperanza de que existiese siquiera tal salida. Pero yo me repetía a mí mismo constantemente: Fantasía no es una trampa. Confiaba en que la solución se presentaría en el momento adecuado, si yo me atenía con honradez y firmeza a las reglas de juego establecidas por mí mismo. Esa inseguridad me torturaba a veces hasta el punto de acabar totalmente agotado y desanimado. Con esa historia he luchado, literalmente, por salvar la piel. Esto puede parecer exagerado, pero todo aquel que conozca ese género de proceso creador comprenderá cómo hay que entender esta confesión. Sólo en el penúltimo capítulo, y verdaderamente sólo entonces -cuando Bastian depone ante Atreyu el signo de la emperatriz infantil, renunciando así a todo lo de Fantasía- vi yo también con claridad que ese signo era al mismo tiempo la salida que permitía regresar al mundo de los hombres.
¿Qué es, en definitiva, ese juego libre, creador? ¿No es un mero pasatiempo, un lujo intelectual? ¿O es una de las más hondas necesidades de la vida humana, algo sin lo cual el hombre deja de ser hombre? Yo podría desplegar aquí, ante ustedes, una larga lista de contundentes testimonios de muchos siglos y muchas culturas, testimonios que ensalzan el juego desprovisto de finalidad como verdadero campo de la libertad y dignidad humanas: empezando con el Ion de Platón y terminando con la célebre frase de Picasso: «Yo no busco. Encuentro». Hasta el Creador de este nuestro mundo jugó cuando creó la naturaleza, pues nadie podrá convencerme jamás de que la infinita variedad de formas y colores del mundo de los animales, plantas y piedras ha surgido únicamente por la imperiosa necesidad de sobrevivir y adaptarse. Pero no quiero desarrollar ante ustedes, distinguidos oyentes, una filosofía del
juego. Eso llevaría de seguro muy lejos, y ni el lugar ni la hora son los adecuados. Sin embargo, quisiera llamarles la atención sobre una única cosa curiosa del juego, por parecerme importante en nuestro contexto.
El juego, si sigue siendo juego de verdad, no puede nunca moralizar. Es, en su esencia, amoral, es decir, está fuera de todas las categorías morales. Piensen en el juego de ajedrez, en los juegos de circo, en los juegos infantiles: nunca es cuestión de moralidad mientras que la totalidad de los participantes se atengan a las reglas del juego, o sea, mientras el juego siga siendo juego. Quien no se atiene a las reglas destruye ese carácter lúdico, por entremezclar los planos.
Puede uno preguntarse, indudablemente, de qué les sirvió todo eso a aquellas personas. Pero yo no plantearía así la pregunta. Para mí, aquel titiritero era un hombre de gran valentía y un verdadero artista.
Esa totalidad de cabeza, corazón y sentidos, que sólo nos puede regalar el juego carente de intencionalidad ¿qué otra cosa es, según su más honda esencia, sino belleza?
Sobre esta mutua relación entre juego libre y belleza escribió Friedrich Schiller su célebre ensayo Cartas sobre la educación estética del hombre. Nunca, ni antes ni después, se ha dicho nada más lúcido sobre el tema, y mejor le iría, sin duda ninguna, al arte y a la literatura actuales si más personas a las que atañe esta cuestión se tomaran la molestia de leer a fondo esa obra.
En la cima de sus reflexiones y como una especie de resumen lógico de sus ideas escribe allí Schiller la frase siguiente, extrañamente paradójica: «El hombre debe jugar sólo con la belleza, pero con la belleza sólo debe jugar».
¿Qué significa esto? El valor del juego libre -y por tanto también del arte y de la poesía, que constituyen para Schiller la forma más elevada de juego- viene determinado por su belleza. Pues la belleza -¡y sólo ella!- ennoblece y redime al hombre y lo libera de todas las
constricciones de la naturaleza y de las leyes espirituales y morales. La belleza libera al hombre y en ello reside al mismo tiempo para Schiller el más elevado valor moral. Pero, continúa diciendo, sólo allí, sólo en el juego libre, puede tener validez absoluta esa norma de la belleza. Arrancada de ese contexto del juego, la exigencia radical de belleza se volvería necesariamente inhumana.
Un medicamento que, debidamente aplicado, puede devolver la salud al hombre puede convertirse siempre, si se abusa de él, en droga que destruye al hombre. En la misma medida en que sería absurdo introducir categorías morales en el juego libre, sería nocivo convertir las normas estéticas en fundamento de decisiones de la vida diaria. El fallo que emite un juez ha de ser justo. Es irrelevante si es bello o no. Un resultado de la investigación científica ha de ser verdadero. Su belleza no tiene la menor importancia. La decisión de un político debe estar impulsada por el sentido de la responsabilidad frente a los ciudadanos. ¡Adónde íbamos a parar si los poderosos se dejasen llevar en sus decisiones por categorías estéticas! Más pronto o más tarde acabarían comportándose como el emperador Nerón, que prendió fuego a la ciudad de Roma con el fin de tener un escenario espectacular para recitar sus poemas.
Ahora bien, nuestra actual vida cultural y espiritual tiende, más que cualquier otra de las anteriores, a confundir todas las categorías en lugar de a distinguir unas de otras. Lo que se preferiría es tener una única llave maestra que abriera todas las puertas. Debido a esa comodidad en el pensar se ha abandonado y olvidado la cuestión de la belleza. La discusión sobre una obra moderna de arte, una representación teatral, un libro, gira fundamentalmente en torno a lo que dice, si es original, si es nueva -¡sobre todo ha de ser nueva!-, pero prácticamente nunca es objeto de discusión el hecho de si es o no bella. Entonces, lógicamente, una gran parte de nuestra literatura y arte modernos ni siquiera reivindica tal cosa. La belleza ya ni siquiera constituye una aspiración.
La belleza es, por su misma esencia, trascendente. No es abarcable únicamente por el lado de acá. No es objetivable, o sea, no es posible medirla, pesarla o contarla. La belleza, para que sea percibida, necesita personas capaces de ello. ¿Es por eso sólo una vivencia subjetiva? El pensamiento materialista sólo puede comprobar que todas las culturas del mundo, todos los siglos, e incluso cada una de las generaciones, han desarrollado distintos conceptos de belleza, tan diferentes en ocasiones que llegan a ser totalmente contrapuestos. ¿Dónde está entonces el elemento común? Como el pensamiento formado en el empirismo de la ciencia no podía reconocer ese elemento común, toda la cuestión de la belleza se vio relativizada. Bello es -eso se dijo- lo que se considera en su momento como tal. La belleza de por sí no existe.
Peor aún: se llegó a hacer la absurda afirmación de que la belleza era una especie de embellecimiento encubridor, o sea, un amable embuste con el que se intenta velar, minimizar o incluso recubrir totalmente la vileza y brutalidad de nuestro mundo. ¡Cuando lo que ante todo se quería tener era veracidad! Se quería representar lo intolerable como intolerable, lo vil como vil, lo brutal como brutal. Así, en nombre de una exigencia mal entendida de veracidad, lo repugnante queda prácticamente declarado norma artística y poética. Entre ciertos críticos y grupos artísticos nació un auténtico culto a la fealdad. El hecho de que ni Homero ni Dante, ni Goya ni Grunewald, hubiesen prescindido en sus obras de lo horrible e insoportable, el hecho de que no encubriesen nada y que, sin embargo, transformasen todo en belleza, eso ya no se comprendió.
¿Y el público, la gente? Permanecían en silencio, intimidados y acongojados. Pues una gran parte del periodismo cultural quería convencerles de que, si lo que esperaban era belleza, formaban parte de la burguesía reaccionaria. Así que se encogían de hombros y se sometían, pues ¿a quién le agrada ser tenido por reaccionario? Tal intimidación dura hasta hoy. Pero así y todo, en la mayoría de la gente, sigue habiendo hoy -y quizás incluso más que nunca- una nostalgia, casi una verdadera sed de belleza. Yo creo que los hombres nada agradecen tanto como el que les ofrezcan un poquito
de belleza. Esto es aplicable a los niños más aún que a las personas mayores. Y si se les priva de esa belleza, entonces echan mano del sucedáneo, del sustitutivo, del kitsch, para calmar la sed.
He dicho que la belleza es, por su misma esencia, trascendente, o sea, que no es abarcable únicamente del lado de acá. Es, por así decir, un reflejo luminoso que proviene de otros universos y que ilumina el nuestro transformando el sentido de todas las cosas. La esencia de la belleza es lo misterioso y lo maravilloso. Las banalidades de este mundo se convierten, a su luz, en revelaciones de otra realidad de la que todos venimos y a la que todos retornaremos, y que todos añoramos a lo largo de nuestra vida aunque la hayamos olvidado.
El escritor francés André Breton escribió en su Manifiesto del surrealismo: «Lo maravilloso siempre es bello. E incluso sólo lo maravilloso es bello».
Señoras y señores: les ruego que consideren una vez hasta qué punto hemos conseguido los hombres modernos desencantar nuestro mundo, despojarlo de todos sus misterios y milagros, echarlo a perder mediante la explicación racional. Observemos juntos por un instante la visión del mundo que hoy tiene todo hombre moderno instruido y que, ya desde la escuela, se inculca a todos los niños.
Así que, alguna vez, en alguna parte, en algún rincón perdido del universo, hubo una gran nebulosa de hidrógeno que -no se sabe por qué- empezó a girar. Poco a poco se fue formando una serie de grumos de materia que rodaban en torno a un sol común. Al cabo de algunos miles de millones de años y bajo la influencia de los rayos cósmicos, surgió en uno de esos grumos de materia una primera célula de albúmina que empezó a reproducirse. En el transcurso, nuevamente, de inimaginables períodos de tiempo, esa célula albuminosa se desarrolló más y más -siempre por la necesidad de adaptarse y por la selección natural- hasta que finalmente salió el hombre. Ese hombre era al principio tonto y supersticioso, la naturaleza que le rodeaba se la imaginaba él poblada de seres misteriosos, de elfos, ondinas, enanos, y seres semejantes, creía que en las estrellas y más arriba de ellas vivían seres divinos, e incluso los veneraba y les dirigía oraciones, pensaba que debía estar agradecido a su madre tierra por todo lo
que le regalaba, y sobre todo estaba convencido de poseer un alma inmortal. Hoy sabemos que todo eso no son sino enternecedores desatinos. El alma del hombre no constituye otra cosa que la suma de todos los procesos electroquímicos del cerebro y del sistema nervioso. Precisamente mediante ese género de pensamiento, ilustrado, libre de valoraciones, hemos logrado dominar poco a poco la naturaleza y convertirla en esclava sin voluntad propia. Y caso de que la humanidad no ponga fin prematuramente, mediante una guerra atómica, a la vida que hay sobre este grumo de materia llamado tierra, ese sistema seguirá rodando otro par de millones o de miles de millones de años hasta que, conforme a las leyes de la entropía, muera alguna vez por efecto del frío o del calor. En el tenebroso silencio cósmico que reinará después, toda la historia de la humanidad, con sus sufrimientos y sus triunfos, con sus civilizaciones y guerras, con sus santos, genios y locos, no habrá sido otra cosa que un diminuto intervalo, apenas perceptible, en una inmensa y gigantesca serie de sucesos formidables pero absurdos.
Les ruego, señoras y señores, que tengan verdaderamente presente todo el desconsuelo, toda la banalidad de tal visión del mundo. A mí, por lo menos, no me asombra que la gente, sobre todo la gente joven, que acepta esta visión del mundo como la entera verdad, cuando en sus vidas surge la menor dificultad se metan una bala en la cabeza o se aniquilen a sí mismos con drogas. De semejante visión del mundo ya no pueden resultar valores morales, religiosos ni estéticos. Todo -incluso la más insignificante función vital- se vuelve, dentro de una tal concepción, aberrante y absurdo.
Va siendo hora de contraponer a esa visión del mundo otra que devuelva al mundo su sacrosanto misterio y al hombre su dignidad. En esa tarea, los artistas, poetas y escritores habrán de tener una participación importante, pues su labor consiste en prestar a la vida encanto y misterio.
Y aquí llego al cuarto y último punto de mis reflexiones. Yo debía dar una explicación de por qué escribo para los niños o de por qué escribo, sin más. Mi primera respuesta ha sido el libre juego de la
imaginación. De él resultó la norma de la belleza. La belleza, a su vez, nos llevó a lo maravilloso v misterioso. Si se me permite llamar a estos tres conceptos, por así decir, los puntos cardinales de mi paisaje poético, todavía falta el cuarto, que es el humor.
Miren ustedes: todo lo que he dicho hasta ahora podría inducirle a uno a establecer una especie de dogmática, podría hacer del escritor algo así como un gurú de su público, un maestro esotérico de sus lectores. Ello significaría, sin embargo, que ejercería su influencia con medios que no son exclusivamente artísticos. De ese modo se convertiría sólo en propagandista de su mensaje, un propagandista que utiliza la poesía como una especie de envoltorio. Y eso exactamente es lo que había que evitar.
De ello le salva a uno, exclusivamente, el humor.
Tampoco del humor se puede dar una definición exhaustiva, como es natural. Tampoco a él se le puede medir o cuantificar, y menos aún experimentar. El humor se sustrae a cualquier intención. El humor no puede ser nunca fanático ni dogmático. Es siempre humano y amable. Es esa actitud de conciencia que nos da la posibilidad de admitir sin amargura la propia insuficiencia y no tomarla tan en serio. Y también tomar nota con una sonrisa de las insuficiencias de los demás. El humor no es idéntico a la sabiduría pero es un pariente cercano de ella.
Los inventores del humor son, creo, los judíos. Y ello tiene su razón de ser. En la mayor parte de las otras culturas se es o idealista o realista. Si se es idealista, se dirige la mirada sólo a lo esencial, a lo sublime, a lo divino. Se pasan por alto las molestas banalidades de la vida. Pero si se es realista, sólo se ve la miseria del mundo y se tiene por ilusión todo lo que es más elevado. Los judíos han aprendido en una larga y dolorosa historia a mantener bien agarrados los dos extremos. Viven en esa tensión entre arriba y abajo y la soportan con su famosa tozudez. Saben cuán dolorosos pueden ser los pies planos y saben del Dios eterno. Y consiguen, con toda modestia, plantarse con sus pies planos ante el trono de Dios. Y ése es el verdadero humor.
Y puesto que aquí queremos hablar sobre todo de literatura para niños o para el niño que hay en todos nosotros: seguro que no les
digo a ustedes nada nuevo si añado que los niños para nada son tan receptivos como para el auténtico humor, pues éste les dice que se pueden tener y cometer faltas, más aún, que se nos quiere precisamente a causa de nuestras faltas. Y así creo que la curva nos lleva, de modo imperceptible y por sí sola, a nuestro punto de partida, al juego libre y desprovisto de finalidad.
El ciempiés puede danzar de nuevo.

A raíz del confinamiento, para ayudar a familias con las que trabajaba entonces de forma presencial, me habitué un poco más a facebook. Casi todo lo que subo allí y comparto se relaciona con la Poesía o la Psicopedagogía que son mis principales campos de acción, como ya sabéis quiénes seguís este blog. Un día del pasado mes de abril recibí este video que aquí dejo en forma principal de agradeciemiento.

No conocía ni el Seminario, ni la Universidad, ni a la catedrática que impartía la conferencia… y mejor así pues la vivencia del asombro que me produjo no la cambio por nada: sentir en este momento de mi vida que algo del camino dedicado a la palabra (y acción poética) llega al mundo de este modo fue como una cascada de agua fresca, más después de conocernos personalmente.

Nos conocimos semanas más tarde y el suceso fue cobrando forma, fuerza y razón de ser. Ana es una mujer con una extrema sensibilidad y extenso recorrido como investigadora, como madre y al fin como persona, con quien compartimos muchas cosas maravillosas más allá de las palabras. Actualmente compagino la escritura y actividades de Edea, con la intervención como psicomotricista con niños de espectro autista y ella, como madre de uno de ellos, tejió este hilo «dorado» (como su segundo apellido) que nos ha conducido a un «puerto» (como mi segundo apellido) … es decir, a uno de esos encuentros bellos que a vida nos regala. Gracias Ana.

 

 

 

I

Restos que el mar abandona
en la arena
y esta soledad de ser

solo a medias.

Es la hora
de la melancolía,
la de la ausencia
de lo que nunca estuvo
y sentimos más propio:

lo que todavía de nosotros

no dimos

a luz
en la vida.

II

 

Alto y lejos,
apenas perceptibles,
golondrinas nómadas
surcan el aire.

La nada que somos
es el todo que buscamos.

He tenido la alegría de descubrir a este poeta, gracias a mi colega de Edea, espacios de acción y amigo Nacho Mur, el día de la madre. Un regalo. Que se unió a las hermosas sensaciones que venía teniendo en una escapada que he podido regalarme a su vez por el norte de este hermoso país. Alegría percibir la afinidad en esta mirada que nace desde el misterio, como bien dijo él mismo. Podéis encontrar más en Al alba los pájaros, El hilo de Ariadna, Buenos Aires, 2017.

Os dejo esta pequeña nota que Ernesto Sábato en su libro «Cuentos que me apasionaron», le dedica. En ellas resume la biografía de Hugo hasta el año 1999.

No sé si algún día alguien resumirá la mía, pero pareciera que «esta soledad de ser/ solo a medias», hablase ya de ella con este verso eterno, en el espíritu que comparte ese territorio común de los que sin duda pronto aprendimos a ser buscardores para transformar el sufrimiento en dolor, y encontrar en el camino interior la presencia esencial para devolvernos a la vida y compartirla de este modo bello, verdadero y tan bien dicho.  Gracias Hugo.

«Hugo Mujica nació en Buenos Aires en 1942. Su niñez se vio oscurecida por el trágico accidente que le costó la vista a su padre; este hecho llevó a la familia a difíciles situaciones económicas lo que, si por un lado, significó desprotección, por otro, ejerció en él una temprana libertad: ya es su adolescencia las situaciones de riesgo le fueron comunes. Trabajando de día y estudiando de noche, termina el Bachillerato y comienza sus estudios en Bellas Artes. A los 19 años se va a los Estados Unidos sin saber inglés, y sin un peso, para abrirse a otras posibilidades. La búsqueda del sentido de la vida le era entonces ya imprescindible. Allí hará de todo; con el tiempo llegará a trabajar de fotógrafo y podrá seguir sus estudios en bellas Artes, y pintar. Eran los años sesenta en New York; como para tantos de nosotros, el existencialismo francés lo había deslumbrado. Perteneció a aquella juventud que encontró en Cuba una alternativa a una sociedad injusta, competitiva y de consumo, que vivió con horror Vietnam y que probó todo en busca de una manera de vivir que pudiera cambiar el materialismo que lo asfixiaba. Frecuentó grupos anarquistas y hippies, y se inició en la droga. En medio de una grave depresión abandonó la pintura y por largos meses no hizo más que ver encender y apagarse las luces de la ciudad desde atrás de una ventana. Finalmente, lo único que salva al hombre es el espíritu: Hugo fue rescatado por el grupo Hare Krishna y se interesó en el Zen. Poco después entró en el Monasterio Trapense, donde fue monje con voto de silencio durante siete años; hoy es sacerdote. Hugo Mujica es un gran poeta escritor o yo no tengo intuición de lo que es la literatura. El tiempo lo dirá a todos» (Santos Lugares, mayo de 1999). En «Cuentos que me apasionaron», 1º edición, Seix Barral, Buenos Aires, 2011, pag. 239.

 

Esta reflexión de Silesius  abrió la presentación que Antonio Cubero hizo de la poeta Esther Peñas en Diálogos con el Arte.

Estuve el mes pasado disfrutando no sólo de los poemas y poética de Esther, reconociendo una gran afinidad, sino del pequeño aforo y la inmensa calidad de la escucha y el diálogo que allí nació, digna de mención y recuerdo. Poesía y psicoanálisis se dieron la mano al abrigo de la perspectiva que Lacan aportó en relación a la obra de arte, en este caso la escritura poética: el texto escrito no debe ser psicoanalizado, es el psicoanalista el que debe leer mejor, dejarse interrogar y aprender de la obra poética. 

Y así fue, sin duda desde el trabajo previo de ambos con el lenguaje, volvieron su mirada hacia ese conocimiento, indagando en él y creando a su vez el vacío perfecto para que los otros, nosotros, fuésemos cómplices del suceso pleno de revelación y escucha.

Preguntarse por “el lugar donde el poeta crea”, por el filo incandescente de la mirada, del silencio y la receptividad, resonando aquella otra reflexión de Lacan “pienso donde no soy, luego soy donde no pienso” constituyó un cálido viaje con destellos de esa luz de Lezama Lima, como primer animal visible de lo invisible.

Un regalo los encuentros del Foro Psicoanalítico de Madrid. Lacan era para mi un desconocido hasta ahora.

Dejo unos veros aquí de Esther con los que termina el poema El temple de la cítara

» Que los dementes del mundo/recorran a grieta/para ver/el/otro/ lado».

Formentera de Nacho Mur

Suelo concentrarme cada noche desde esta Noche de Paz del 24 hasta el 5 de enero. Resumiendo diría, para poder llegar a escuchar, sentir el nacimiento de un espacio más en nuestro corazón, renaciendo con la fuerza de amor que nos sustenta desde el origen (nómbrelo cada cual como guste).

Cuando digo que El Arte Sana, es porque lo he experimentado a través de los años, de la mano de escritura propia y de miles de manifestaciones. El arte, ofrece, entrega, genera, facilita, acompaña en la búsqueda y creación del acceso al templo del corazón humano, dotándole de auténticas experiencias para reconectar el sentir con el pensar y la voluntad de acciones nacidas de esta triformación en busca de armonía para Ser y Dar.   Obvio es y todos hemos tenido muchas experiencias que existen obstáculos. Hoy más que nunca se hacen muchos cada vez más visibles, otros permanecen ocultos. Oscuros pasadizos  impregnados muchas veces de olores antiguos (ancestrales) que al ser señalados con el dedo, como el que pintó  Miguel Ángel  en la Capilla Sixtina, señalando una línea entre Dios y el primer hombre en su Creación de Adán,  llegan a convertirse en D/olores, oportunidades para engrosar la cultura personal y universal del Renacimiento.

El camino del artista comprometido que persiste a través de los años, genera una estela expansiva que se torna universal: más allá de su autoeducación y gracias al calor de su corazón, superando todo tipo de crisis y la conciencia ganada a través de ellas, permite al contemplar su obra, esa respiración del alma a cuantos la contemplan. Este es uno de los indudables misterios y sellos de la identidad en la obra de Mur. Sus huellas poderosas guías en el camino recuerdan que se puede,  que existe una forma de hacer el sendero desde el corazón, desde una presencia de espíritu que se va manifestando naturalmente, sin artificios. En estos tiempos apocalípticos, Nacho decidió exponer en el Palacio de Congresos de Jaca desde el 18 de diciembre al 9 de enero. Abierta de par en par, este hombre y obra, se muestran y entregan, silenciosa y generosamente. No puedo menos que hablar de ello hoy. Estar rodeado de cuadros de Mur es una oportunidad para recoger fuerzas de sanación y ayuda para transformar oscuridad, para fortalecer el alma. Personalmente creo que se deberían subvencionar visitas a las exposiciones o estudio de Mur para la cura y el restablecimiento de enfermedades. Estoy convencida de esto. Cada día disfruto de uno de sus cuadros en el salón de mi casa. Qué tal si alguna entidad oficial decidiese invertir en su obra para mostrarla en centros de Salud, gabinetes de Psicología? estamos lejos de esta conciencia pero seguiremos alentando y trabajando en esta dirección.

Adjunto el bello escrito de una de esas personas, con el que coincido como bien sabéis, en esa cualidad real y esencial que con tanto acierto nombre citando el Bálsamo de Fierabrás. La obra de arte como poción mágica capaz de curar todas las dolencias del cuerpo humano que forma parte de las leyendas del ciclo Carolingio y que Cervantes, por cierto, puso a disposición de Don Quijote como panacea capaz de sanar cualquier tipo de dolencia.

Arte como bálsamo de Fierabrás.

Mercedes Falcón cuenta su experiencia en la exposición de Nacho Mur «La oscuridad habitada que aspira a su propia luz» que actualmente se puede visitar en Palacio de Congresos de Jaca. Ayuntamiento de Jaca 

El pasado 18 de diciembre de 2021, a pesar de estar al final del año, tuve una de las experiencias más intensas y bonitas del año, que me reconciliaron un poco más con el ser humano, en la sociedad distópica que vivimos actualmente. Visité la exposición “La oscuridad habitada que aspira a su propia luz” de NACHO MUR, coincidiendo allí con el autor que con valentía nos habló de su proceso creativo, de la auto educación mediante el arte.

Y eso tan importante que nos cuesta tanto entender: la oscuridad, tan necesaria para que exista la luz. La sencillez, la grandeza del trabajo bien realizado,  bien creado, nos acompañaron en todo momento con las explicaciones que el creador fue dando sobre el proceso de creación, un proceso que siempre se lleva a cabo en soledad. Cómo estos tiempos difíciles pueden ser sanados con el arte.

No es la primera vez que escucho: «el arte nos sana»; y en mi caso, es tan claro. En un día de esos que te sientes decaído o cargado o sin poder superar algo, te sumerges en una buena exposición, y sales con alimento para el alma. Por eso, si estos días estás en Jaca, no dejes de pasar por el Palacio de Congresos.

A todo aquel que lea esto, una feliz noche (lea en la fecha que lea) de recogimiento y paz. https://nachomur.net

JACA N23/Canna indica

Puedo estar dentro de mi garganta

como en el cáliz de una flor

dentro de tu voz o de esta imagen.

Caverna luciente con diamantes de silencio

como esa mirada cálida

que cuando calla, todo lo dice.

 

Volver a recomendar la relación con la obra de Nacho, es siempre una buena idea. Cofundador de Edea, Espacios DE Acción y amigo desde entonces. Podéis visitar su web  https://nachomur.net o mejor aún, visitarle en su estudio de Jaca o acudir a su próxima exposición en el Palacio de Congresos de esta preciosa ciudad del 17 de diciembre 2021 al 9 de enero 2022. Podrías alojaros en la casa rural que regenta en un bellísimo pueblecito cercano.

En las Navidades del año 2019 viajamos con su pareja y una entrañable amiga de ambos que vive en Castellón, a Dörnach en Suiza. Todo fueron buenas excusas para reunirnos: conocer a Carmen la amiga de ambos, pasar juntos unos días antes de las fechas señaladas, celebrar el cumpleaños de uno de nosotros, practicar alemán (el mío de principiante) … todo al calor del arte. Habían seleccionado obra de Nacho para una muestra Internacional, donde tuve la oportunidad de cubrir una reseña para la misma revista  (que subiré en algún momento) donde Nacho leyó un artículo que ayer mismo me envió para el blog. Escrito por Christiane Haid y Pierter van der Ree, La autoeducación mediante el arte, concentra temas esenciales y recurrentes de nuestra mirada y proceso a través de la obra: el autoconocimiento, la puesta en acción del movimiento del alma, el intercambio de experiencias entre el interior y el exterior a través de la alquimia artística, la presencia de espíritu, el potencial futuro que nos permite “comprehender” y vivir lo incierto …Compartimos este artículo por los valores y certezas, comprobadas en el proceso de nuestra obra, vidas  y a través de los talleres de Edea, espacios de experimentación y vivencia de procesos creativos, que se pararon temporalmente por la pandemia, pero fueron y son testimonio una y otra vez del profundo significado del Arte para nuestras vidas, como seres humanos.

La autoeducación mediante el arte

 El arte emociona, alimenta e inspira a las personas: puede hacer visible lo suprasensible. Media entre lo sensual, lo anímico y lo espiritual, de forma viva, y crea un espacio libre, no ligado a las condiciones de la vida cotidiana.

Al principio del proceso artístico, que pone en relación los tres ámbitos del mundo material, anímico y espiritual, está la intuición del artista. Una intuición que ha vivido en su alma durante mucho tiempo y aparece de forma sorprendente como una especie de inicio.

Los recursos artísticos, como el color, el sonido, la palabra y el movimiento, necesitan ser captados y moldeados para que las experiencias anímicas y espirituales se vuelvan visibles en la materia. Entre el impulso que vive en el interior y el encuentro con los recursos artísticos está el abismo de lo aún no realizado. Para superarlo, se requiere valor, voluntad y entrega a algo cuya aparición no se puede forzar y cuya forma de aparición siempre es una especie de milagro, adivinable pero imposible de prever. El arte es, pues, la disciplina en la que reside el potencial de futuro para todos los ámbitos de la vida, porque nos permite ejercitarnos en el encuentro con lo incierto y lo no creado. Es lo contrario de la previsibilidad y la planificación; todo lo fijo y premeditado supone un freno para su realización lúdica y su llegada del cielo a la tierra.

 Dar vida a las artes

Rudolf Steiner dio una gran cantidad de indicaciones prácticas para el desarrollo de las artes, en particular sobre la conexión entre el arte y la autoeducación. El arte constituye una ayuda en el camino de la autoeducación, y la formación interior, a su vez, es un requisito previo para la práctica viva de las artes. Esto ya está expresado en las frases inscritas en las columnas de Boas y Jaquín de 1907, que se refieren a las facultades del conocimiento superior: imaginación, inspiración e intuición. Al mismo tiempo, las frases señalan uno de los caminos metódicos de la creación artística (véase el cuadro de texto a la izquierda).

No es gratuito que Rudolf Steiner describiese el desarrollo de la Antroposofía como un proceso de tres pasos: comienza como ciencia, vivifica las ideas a través del arte, y conduce a la intimidad religiosa, o bien a una forma del arte social.

Las múltiples indicaciones de Rudolf Steiner se vuelven a confirmar en las experiencias que los artistas pueden tener en nuestro presente. Para muchos, la crisis sanitaria ha provocado un giro hacia el interior: Obligados a enfrentarse a las restricciones externas, al mismo tiempo se ven motivados a volver a lo esencial, al inicio, a los motivos primigenios de la creación artística.

 Formas técnicas y formas orgánicas

Sin embargo, en nuestros tiempos, tal y como Rudolf Steiner esbozó en una conferencia del 28 de diciembre de 1914 (GA 275), el arte también tiene otro significado para el ser humano. En la era de la mecanización y la digitalización, las formas de una obra de arte, a diferencia de las formas técnicas y diseños útiles característicos para la vida cotidiana, permiten una experiencia viva que pone el alma en movimiento.

Surge una nueva obra de arte cuando la forma creada por el artista se encuentra con el movimiento vivo con el que el espectador vuelve a construir la forma interiormente. Si logramos dirigir la atención a este «inicio» de la actividad creadora que se produce entre el creador y el contemplador de la obra de arte, también nos será posible iniciar un intercambio de las experiencias hechas con las formas externas e internas.

Rev.Anthroposophie. AeltWeit. Ed. 1172021. Goetheanum

Después de año y medio de separación física por la pandemia, una de mis mejores amigas y yo decidimos reunirnos un fin de semana a mediados de septiembre. Vivimos en provincias distintas y elegimos Guadalajara, la sierra del Ocejón y los Pueblos Negros para el encuentro. Una maravilla!

Cuando, tras más de treinta años, se siente viva una relación de amistad, es que es amistad con mayúsculas. No porque otras más recientes no lo sean sino porque con el paso de  los años, como los buenos vinos, cobra un cuerpo especial y todas las demás se nutren también de ella. Ha vivido ya con nosotras un proceso de vida y es un ser vivo” que camina a nuestro lado, estemos o no de cuerpo presente. Una relación de transformaciones y crecimiento, a veces más unidas, a veces menos, a veces expresando necesidad de distancia y silencio durante tiempo, pero siempre latiendo. Cuando algo así sucede, se puede hablar de diálogo y en él, ese Ser que bien podemos llamar Fraternidad, se expresa en una compresión que no exige, ni lamenta, ni anhela: es, ser y estar, una presencia reunida de paz y confianza, donde todo acontecer cobra la forma idónea para que se manifieste lo esencial: el sentimiento que reúne.

En estas circunstancias, pese a que no había ruta determinada de antemano, casi si quiera conciencia de a dónde íbamos, se sucedieron acontecimientos que no voy a nombrar “extraordinarios” sino como la lógica consecuencia de nuestro estado: rutas maravillosas improvisadas, pueblos acogedores, descubrimientos de ciudades encantadas a nuestro paso, entre bosques de sabinas y un regalo asombroso, como fue el paseo que nos llevó hasta el Monasterio de Bonaval y a la orilla del río Jarama. Allí cada una en un lugar distinto de la orilla, nos tomamos un tiempo de silencio y disfrute. No siempre que uno va acompañado ha de estarlo todo el tiempo. Por primera vez en dos años, amaneció un poema. Supe al instante que lo era porque es una fuerza de concentración especial que “habla” desde un estado de escucha y bienestar interno muy particular. Era para ella y a la vez para mi. Una suerte de revelación que resumió el tiempo compartido, ya en el viaje de vuelta cada una a su casa y trabajo.

Pasado un mes de aquello, me interesé por la historia del Monasterio, pues no es la primera vez que se cruza en mi camino un monasterio Cisterciense en circunstancias imprevistas similares y porque hacía tiempo quería conocer más acerca de las conexiones entre el Cister y la Orden de los Templarios. Comparto algunos extractos que he ido seleccionando de las lecturas. Lo esencial para mi ha sido comprender la conexión de aquella época con la vivencia absolutamente espiritual que tengo en encuentros con personas amigas, como Rocío, donde el tiempo del reloj se diluye siendo pasado y futuro una fuerza de conexión con el presente y la creación en el día a día. Valores tan cercanos a los que aquellos monjes revolucionarios y caballeros, se propusieron entonces. Nada ajeno y desde luego tan necesarios hoy en día. La renovación espiritual es un acontecimiento que nos concierne a todos. No exento de batallas (internas y externas) que de forma consciente e individual son colaboradoras de la renovación social y política que siento necesitamos como sociedad.

En 1164, el rey Alfonso VIII de Castilla entregó el valle en que actualmente se asienta el monasterio de Bonaval a un grupo de monjes cirtercienses para que lo habitasen velut precarium(prestado)​ repoblaran la zona y sirvieran como barrera ante una posible invasión musulmana, aunque en estos tiempos la Reconquista había avanzado y las fronteras con los musulmanes estaba bastante lejos. En 1175, en el monasterio de Fítero, Alfonso VIII cedió totalmente Bonaval a la orden y determinó las posesiones del monasterio. Los primeros monjes vinieron del monasterio de Santa María Valbuena de Valladolid. La extensión de las tierras monasteriales era, ya desde sus comienzos, bastante grande. Con el tiempo fue creciendo todavía gracias a las herencias de particulares e incluso por parte de la realeza. En 1224 Alfonso IX de León entregó una nueva heredad y en 1253, Alfonso X el Sabio confirmó todos los privilegios y donaciones de sus antepasados. Con las primeras reformas de la Orden, Bonaval perdió su carácter de abadía y fue incorporada a la Congregación Cisterciense de Castilla quedando bajo la jurisdicción de los monjes de Monte Sion en Toledo y convirtiéndose poco a poco en un lugar donde los monjes más ancianos se preparaban para morir.

En 1713 al acabar la guerra de Sucesión Española y con la victoria de Felipe V, le fue nuevamente reconocido a Bonaval su exención de pagos al Estado, confirmándole su posesión de territorios anejos. El monasterio no sufrió mucho en la guerra de la Independencia de España, por haber sido aquel territorio, aislado y poco castigado por los franceses. Sin embargo, fue afectado por el decreto de supresión de las órdenes monacales, publicado a comienzos del Trienio liberal (1821), que terminó con algunos antiguos monasterios, entre ellos el de Bonaval. Los monjes se retiraron a su casa madre, en Toledo, y el edificio fue vendido a particulares, que no se preocuparon de su conservación y propiciaron la ruina en la que se encuentra hoy.

El movimiento monástico Cisterciense nace en Francia a comienzos del siglo XI (1098), cuando un grupo de monjes revolucionarios del monasterio Cluniacense de Molesmes, abandona su comunidad para formar una nueva, en la localidad de Citeaux (Cister). La nueva orden se basa en los principios de abandonar todo signo externo de riqueza y en el propio trabajo para conseguir su subsistencia, será el famoso «ora et labora» que distinguirá a los monjes del Cister.El primer reformador del Císter fue San Bernardo de Claraval con quien comienza un imparable desarrollo durante el siglo XII. Los monasterios del Císter se situaban en zonas yermas o inhóspitas pero con abundancia de agua. Normalmente el sitio elegido era un lugar boscoso y aislado por montañas. Eran los propios monjes o laicos que trabajaban para ellos quienes roturaban y cultivaban estas tierras. La razón básica de esta ubicación era obtener el necesario aislamiento del mundo laico. Esta gran cualidad colonizadora de los cistercienses será especialmente útil en el solar hispano del siglo XII y comienzos del XIII, en el contexto de la secular pugna entre cristianos y musulmanes. La principal razón del mal estado -incluso la ruina avanzada- en que se encuentran bastantes conjuntos monásticos cistercienses es, precisamente, su alejada ubicación de núcleos urbanos. Tras la desamortización de Mendizábal del siglo XIX estos monasterios quedaron abandonados o acabaron en manos particulares que rara vez pudieron o quisieron mantenerlos.

Una revolución espiritual progresista: Los templarios y el Císter.

Según José Antonio Vázquez, no se puede entender el fenómeno cisterciense, del que el Temple es una manifestación, sin comprender la situación de la cultura y la sociedad europea en el momento de su nacimiento.

El siglo XII es un siglo fundamental para comprender la historia europea, en él se intentó llevar a cabo una revolución social y cultural progresista, por parte de una serie de movimientos místicos que hicieron una crítica a la sociedad feudal y a la Iglesia comprometida con ella.

La reivindicación de un culto contemplativo, sin acumulación de riquezas, pobre,  ajeno a vínculos con el feudalismo que suponía un deterioro social por la división estamental, el apoyo al proyecto imperial frente a una Iglesia que quería imponerse sobre la sociedad y frente a unos poderes nacionales que querían absolutizarse, fueron los ideales que dieron nacimiento al Císter y al Temple.

Tanto el nacimiento del Císter, como la idea de la cruzada tiene que ver con movimientos de transformación de la sociedad, que intentan generar un renacer espiritual en occidente, promoviendo una transformación eclesial y social. La toma de Jerusalén es el símbolo de la victoria de este proyecto. El Temple será la institucionalización de estos ideales y un instrumento para conseguirlos, apoyado por cistercienses y por los grupos esotéricos medievales.

Como explica Rene Guenon no hay duda de que en las órdenes de caballería existía un pensamiento esotérico vinculado al hermetismo, que les permitió servir de nexo de unión entre el Islam y la cristiandad, gracias a tener una visión ecuménica de tipo esotérico. Es por eso, que parte de la herencia templaria hay que buscarla en la masonería, la institución occidental actual heredera del esoterismo tradicional occidental. Por supuesto, asegura J.A. Vázquez, la masonería no es la continuadora de la orden del Temple en un sentido jurídico e histórico, pero sí que en ella se ha guardado lo poco que ha sobrevivido del esoterismo medieval, que tuvo en la orden del temple un lugar privilegiado.

Pero la experiencia central de la espiritualidad templaria no fue la experiencia esotérica, sino la experiencia monástica cisterciense, una experiencia mística centrada en el Amor y con un fuerte contenido de compromiso político y social. Una experiencia más allá de la religión institucional, no contraria a ésta, sino deseosa de su transformación y renovación. La experiencia que Císter trató de transmitir no era sólo una experiencia interna y espiritual sino una experiencia integral, que abarcaba a los ámbitos sociales y políticos, promoviendo una sociedad más fraterna, más democrática y solidaria, en la medida que las circunstancias de la época lo permitían.

Estos movimientos reformadores católicos fueron aniquilados progresivamente a medida que Roma se fue imponiendo sobre la sociedad y a medida que los poderes nacionales se fueron absolutizando, marcando la desaparición del Temple en el siglo XIV, el final de ese intento de reforma de la Iglesia y la sociedad, y la consolidación progresiva de una Iglesia autoritaria y unos poderes seculares alejados de los ideales espirituales y humanistas.

Si hoy existiera la orden del Temple y quisiera ser fiel a la misión que tuvo en su origen, tendría que representar un movimiento renovador, ecuménico, laico y acogedor, como el Temple histórico acogió el ecumenismo esotérico de su época. Hoy su misión sería ayudar a renovar la Iglesia y la sociedad, trabajando en una dirección progresista, apoyando la laicidad como ámbito común donde todos podemos convivir, con una visión ecuménica e interreligiosa que le haría promover el ir más allá de las religiones hacia la mística como meta a la que las instituciones religiosas deben estar subordinadas. La vigencia de esta orientación parece hoy tan urgente como lo fue en la Edad Media.

 

He escuchado el resonar del ónice

y la amatista en tu silencio,

¿construyes catedrales para le vuelo?

Te observo camino del templo enterrado

observando la transformación de tus gestos.

¿Qué se está elevando?

¿Qué renace desde tu erguido caminar?

¿Pilares ya tus piernas de un femenino sentir

que no cede a superflua entrega aún habiendo goce o ternura?

¿Aspiras ya a la recta vertical de las Sabinas o Aulagas, cruz

con la horizontal de los Espantapastores que repiquetean el campo?

 

Morada llama que alumbra, sin deslumbrar moradas

custodiada por humilde y tenaz talla

de hormiga mineral de pasados pasos.

Benditas huellas en las arrugas de tu risa.

 

Mientras yo, me atrevo a dejar fluir de nuevo

en la orilla del Jarama a esta voz renacida.

Recojo una pregunta del manantial que suena

entre el musgo y las piedras ¿qué significa ser humana?

 

Este gozo de servir manando desde la inmensa vasija ilíaca

asentada en la cuna de las caderas

escuchando vibrar desde los talones a la coronilla, rayos

expandidos desde el centro de la tierra, al centro del universo.

 

Centro del pecho atento a un pensamiento

que es conciencia de la infinita pequeñez que soy,

inmensa ligereza que se hace sólida y útil con esta Palabra

azul y verde cargada de sonido junto al río,

silencio dentro de mi para escucharla.

 

Bendito diálogo de la vida

recorriendo tramos del continente humano,

llamado hoy amistad, llamado siempre

libertad para ser humanas.

 

19 de septiembre del 2021

 

 

 

 

 

 

Abandonada o en estado de ruina estaba atravesando una bronquitis aguda la última quincena de este mes de octubre. Pero es por ese gusto romántico por las ruinas, en donde tan bellamente Ricardo detiene su mirada en el artículo anterior “Melancólica belleza», que ese misterio insondable que puede asomar, asoma.

Escuchando profundamente las raíces de los bronquios heridos, la tos que arrecia como una tormenta y me desvela en noches interminables, he vuelto a la infancia y de la mano del misterio insondable, un rayo de luz de feroz conciencia, ha iluminado este proceso.

No sé si ahora, pendiente de cita en neumología por un nódulo en el pulmón, aún de baja, queda tiempo para sanar del todo, pero el proceso avanza con calor en el corazón y notable mejoría.

Cuando algo internamente se elabora el mundo, algunos lo llaman universo, brinda pistas y huellas, nuevos caminos para seguir creando sobre las ruinas. Semanas antes de esta convalecencia, súbitamente apareció en mi teléfono la llamada de Carmen, amiga del colegio. Ella y Clara habían decidido reconectar, localizar a todos los compañeros de clase casi cuarenta años después. Y nos reunimos en una cena y fue maravilloso. Recordé mis primeros meses de vida con tosferina y en el umbral de los siete años de edad, un curso escolar entero sin poder hacer deporte por bronquitis asmática.

Se han sucedido miles de mensajes, recuerdos del colegio desde los tres a los diecisiete años llenos de calor y cariño, arropados por una pedagogía, que nuestra generación recibió de forma muy pura, aún vivas Jimena Menéndez Pidal, Ángeles Gasset y otros maestros entusiastas de una educación basada en principios y valores de la Institución Libre de enseñanza, tan cerca de la naturaleza. Mensajes inicialmente de recuerdos veloces de la infancia, viajando desde  localizaciones geográficas diferentes (Ciudad Real, Alicante, Valencia, norte de San Francisco, La Habana, norte de Hamburgo, Madrid centro, sierra norte de Madrid…) que se han ido entrelazando con pinceladas de la actual situación de cada uno.

Yo recibí en estos días: comida casera en la puerta de casa, un delicioso bizcocho de naranja, una compra y ayuda para asistir al centro de salud…de mis amigas de entonces. Calor, cariño, escucha, respeto y esa mirada que sin duda alguna, nos desnuda de toda máscara, título, problema, situación económica o social actual para hermanarnos en la esencial fuente de lo que fuimos: ingenuidad, amor, entrega a la vida, travesuras, de ese niño o niña internos que se alegran, con más o menos serenidad, de un pasado compartido.

Con sus luces y sombras, construcciones sobre ruinas o ruinas de construcciones pasadas, seguimos tejiendo sobre un chat y encuentros, una nueva mirada, en la que hay cabida para todos y late un mismo corazón bañado por la sangre del “yo” esencial que fuimos y ahora nos permite redescubrirnos.

Entre mensajes viajamos por países visitados por unos y otros a lo largo de nuestra vida; recordé a Ida de 98 años, y lo mucho que he viajado por el mundo de la mano de la poesía. Este poema de Ida Vitale sobre el Exilio para abrazarnos en esa mirada que en este caso sí encuentra al otro para Serdevuelta y renovarse, como ciudadanos del mundo (del corazón)

Exilio de IDA VITALE

…tras tanto acá y allá yendo y viniendo.
Francisco de Aldana

Están aquí y allá: de paso,
en ningún lado.
Cada horizonte: donde un ascua atrae.
Podrían ir hacia cualquier fisura.
No hay brújula ni voces.
Cruzan desiertos que el bravo sol
o que la helada queman
y campos infinitos sin el límite
que los vuelve reales,
que los haría de solidez y pasto.
La mirada se acuesta como un perro,
sin siquiera el recurso de mover una cola.
La mirada se acuesta o retrocede,
se pulveriza por el aire
si nadie la devuelve.
No regresa a la sangre ni alcanza
a quien debiera.
Se disuelve, tan solo.

 

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